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El descubrimiento de las ruinas del Monasterio Draco, tallado en lo alto de una desolada montaña en el valle de los dragones, ha despertado un gran interés por todo el Digimundo. Principalmente porque según los tallados de la pared exterior dentro de las ruinas se encuentra un obre mágico que contiene en su interior la data y poder del treceavo Royal Kinght, la cual sera dada a quien reclame dicho objeto. Según la historia grabada en los murales, el obre fue dejado allí por el mismo Royal Kinght en caso de que su poder sea necesario para derrotar al mal que se alce en el futuro...por desgracia semejante premio también a llamado la atención de quienes usarían el poder para sus propias metas egoístas. Por lo que esta aventura ahora se a vuelto una carrera por ver quien consigue el gran premio.
Luego de que un grupo de Digital Inc profanara unas ruinas con su tecnología, provocando la desaparición del mismo grupo; la famosa cueva de las profecías de Shakamon, First Cave, sufrió un terremoto y una nueva profecía se escribió en su pared…pero esta poseía un gran dilema puesto estaba incompleta:
“Fue nuestro padre quien alzo los muros. Fue nuestro Señor quien cubrió la cuna con el techo. Fue el todo poderoso quien tallo las inscripciones. Fue Yggdrasil quien puso a dormir al …[parte dañada]…Hijo de…[parte dañada]… en su interior la fuerza pura del caos crece…[parte dañada]… Witchelny…[parte dañada]… Su despertar traerá un gran cambio. Su despertar traerá caos y destrucción. Su despertar traerá la destrucción de los Royal Kinghts.”
Ante esta noticia los clanes se apresuran en actuar y llegar a las ruinas lo antes posible.
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三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Roku Ginshô el Jue Nov 23, 2017 6:59 pm

¿Qué es lo que quería? Como la polilla a la llama, deseaba fundirse con ese fuego, más allá del sentimiento, más allá del pensamiento, quedando solo un primigenio instinto: la preservación. Aquella llama era vida, fuerza, ánima, que le impulsaba a estar allí, a estar con ella. ¿Por ella? No, ella solo era el origen de esa lumbre, mas no la llama misma, ese azul adictivo que seducía e instaba a un mordisco más, solo uno más. Y como el hambre de Gargantúa, el gigante de Rabelais, cuya sed le hacía vaciar ríos enteros, lo que le parecía un sorbo suponía una catarata fluyendo por su garganta.

¿Y Sigrun?

Su palidez y suspiros alertaban a Roku, expirando cada vez más débilmente. Su vida se apagaba, y pese a esto, él quería más. “Solo un poco”, se decía, sin atender a la dulce voz que se iba apagando. “¿Qué estoy haciendo?”, cruzaba su pensamiento, sabiendo qué pasaría de rendirse a sus caprichos. Del mismo modo que el Lamphrantus, la brillante llama de Belphemon, cuyo nombre nace de una simple y débil flor, se sentía atraído, misteriosamente bien, como si alguien le susurrara al oído que ningún mal le atormentaría. Claro que no era así, sabía el precio, aún recordaba las quemaduras y el dolor que experimentaba al acceder a esa fuerza primigenia, arrancándolo de las leyes humanas como quien deshoja los delicados pétalos. ¿Estaba él haciendo lo mismo con ella?

Se detuvo. Pese al placer, notó un hondo arrepentimiento, pues hacía lo mismo que ese demonio hacía con él, parasitar a otros solo por unos instantes de lúcida felicidad. Observó el resultado de su flaqueza, sin saber qué hacer antes de, ante su profundo horror y repugnancia, reiteró el mordisco. Quería más, era insaciable. ¿Era él? Quiso pensar que no, y sintió esa otra presencia que le instaba a hacerlo. Podría culpar a esta sombra de sus actos, claro que no sería justo. Pues él también quería más de Sigrun.

La hoja, a escasos centímetros del cuello, instaba a finalizar aquel contacto mortal. Quería más. Contempló la gallarda figura del caballero azur, sin mostrar miedo por el sable. Para él, solo era un obstáculo a su felicidad, pero para el otro, más de ese añil intenso que necesitaba. Ambas almas peleaban, reclamando el control. ¿Qué quería a él? ¿Sigrun, o solo su Lamphrantus? Esa llama tentadora, esa flor añorada...

-Ven aquí -extendiendo la mano, reclamó su presencia- ¿Quieres un duelo de espadas? Sea pues.

Conectados por una cadena invisible, Caliburn debía obedecer. Quería gritar, pero el yugo aprisionaba su cuello más y más. Solo era una herramienta, un arma más. Siempre la misma historia con distinto protagonista. Salvo por él, ese caballero de brillante armadura, esa estrella azul en el firmamento. Lo hubiera dado todo por poder dedicarle solo unas palabras, y lo hubiera dado todo por evitar esa situación. Convertido de nuevo en hierro, su filo amenazaba al que otrora fue su amigo.

-Forma de espada gigante.


Y accediendo a toda la ira y rabia de haber sido separado de su propia estrella, el rugido de Belphemon rompió el silencio nocturno. La cornamenta, como una macabra corona, anunciaba su presencia, y es que la carne y sangre del humano era sustituida por la bestia titánica, que podía blandir el arma como un simple cuchillo de cocina. Sonriendo, se sentía poderoso, vivo, victorioso.

No había victoria en su corazón, pues Roku solo era un peón en aquel plan. Un peón alejado de su reina, arrastrado por un mar de dudas, rencores y una impotencia sin igual.

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Sigrun Vinter el Lun Dic 04, 2017 12:34 am

Ulforce sentía unas ganas terribles de eliminar a ese humano ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo pudo intentar matarla? Recordaba perfectamente aquél día en el Mundo Humano, tras la batalla contra aquellos digimons. Seimei, aquél al que ahora apuntaba con su espada, salió herido y Sigrun usó sus llamas para curarle. Le salvó la vida. ¿Por qué había actuado así? Fuese cual fuese la razón no debía dudar. Su compañera estaba tras él, debía protegerla e impedir que Seimei volviera a acercarse a ella.

Pero por lo visto el humano no parecía estar de acuerdo. Hizo aparecer una espada gigante y le desafió, pero eso no fue lo último que hizo. Antes de que Ulforce pudiera averiguar cómo había convocado esa arma, notó que su cuerpo cambiaba. Dónde antes había un humano,  ahora había un gran demonio que Ulforce conocía muy bien. Belphemon. Aún le venían a la mente los rugidos de aquella enorme bestia y los esfuerzos de sus hermanos y suyos para darle muerte. Por supuesto, aquel digimon no podría ser el demonio que habitaba en los recuerdos del caballero. Era un demonio distinto, pero un demonio que también debía eliminar.

- ¡Voy a hacerte pagar lo que le has hecho a Sigrun! – gritó de rabia.

Se lanzó contra él, tan rápido como pudo. Ambos aceros chocaron el uno contra el otro, soltando chispas. Y sin dar un respiro la V de su armadura empezó a brillar. Iba a disparar con todas sus fuerzas. Esa katana podría frenar su arma pero no un rayo de energía desde una distancia tan corta. Era imposible fallar, imposible que saliera ileso de un ataque con aquella potencia. Y fue entonces cuando escuchó algo.

Un latido.

A la mente le vino la imagen de un antiguo compañero. Un pequeño león blanco que le miraba con una sonrisa. Fue más que un compañero, fue un amigo. ¿Por qué ese latido? ¿Por qué ahora? Canceló su ataque y se retiró, retrocediendo y tomando algo de distancia, pero siempre interponiéndose entre Seimei y Sigrun. No tenía ninguna duda respecto a lo que había sentido pero ¿de dónde vino? Sus ojos observaron aquella katana que apareció de la nada y de repente le asaltó un sentimiento de familiaridad y lo escuchó de nuevo. Un latido. El latido de su compañero.

- ¿Caliburn? – preguntó en voz alta dirigiéndose a la espada.

No tenía dudas al respecto, podía sentirlo y por un instante se sintió feliz. Por desgracia esa sensación no duró mucho tiempo. Ahora su situación se había complicado. Tenía que derrotar a ese demonio pero si luchaba con todas sus fuerzas temía hacer daño a Caliburn. Y había algo que le atormentaba ¿Por qué acudió a la llamada de Seimei? ¿Por qué lo obedecía? Tenía miedo de pensar que fuese su aliado, que lo hubiese traicionado. ¿Hizo él algo mal? ¿Acaso ahora Caliburn le odiaba por algo?

Cambió su actitud, adoptando a ahora una posición más defensiva. Seguía sintiendo odio hacia ese humano, un odio ahora duplicado por haberle arrebatado a su amigo. Sin embargo debía actuar con cautela, aún con la posibilidad de que lo hubiese abandonado se negaba a causarle daño. ¿Pero cómo iba a luchar ahora?

Sigrun, por su parte, seguía en el suelo. No estaba del todo inconsciente pero lo veía todo como si fuese otra realidad, como si estuviese viendo alguna película. Era incapaz de asumir todo eso. Quería detenerles, quería impedir que se hiciesen daño pero no podía mover si quiera su mano. Su cuerpo no tenía fuerzas. Eso la destrozaba por dentro. Lo único que podía hacer era verles luchar mientras ella misma luchaba por mantener la consciencia.

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Roku Ginshô el Jue Dic 07, 2017 12:50 am

El acero restalló contra el acero, ambos filos se encontraron, y las chispas de aquel cruce iluminaron una noche cada vez más aciaga. Había estrellas ancladas en el firmamento, como pequeños haces irrumpiendo en la oscuridad, pero esos lejanos soles se encontraban eclipsados. La figura amenazante de aquel coloso impedía divisar esos resplandores, como si el crepúsculo hubiera traído una noche cerrada, sin luz alguna.

Lo único que se develaba en aquel manto negro, eran las armas del caballero, hechas de luz pura, luz que alumbraba el gigantesco filo que antaño fue suyo, pero más que una herramienta, un amigo, convertido ahora en puñal que auspiciaba su muerte. Dos luces rojas, la mirada del monstruo, seguía los movimientos, como quien intenta anticiparse al vuelo de una mosca. Se sentía grande, poderoso, y quería más.

Con ese arma, y ese cuerpo, podría revelarse contra ese Dios traidor, sublevarse contra ellos, reclamar lo que era suyo por derecho. Le daba igual la resistencia que manifestaba el arma, Lampranthus castigada la insolencia, recorriendo el metal, dejándolo a rojo, como si fuera a marcar una res, una “cosa”. La ironía de tratar a la herramienta como él había sido tratado no se percibía, pues embriagado del éxito nocturno, solo pensaba en futuros triunfos.

-Spadamon, forma de doncella de hierro.

Él no dijo eso. El humano, ¡seguía ahí! Su voluntad, aferrada como una garrapata, intentaba recuperar el control. Antes de pensar en algo más, y siguiendo la orden, Caliburn adquirió una nueva forma. El metal se amoldó, cubriendo la garra, y antes de que esta liberara el castigo del fuego, las espinas de hierro penetraron la carne, llegando hasta el hueso. La figura de una acerada dama abrazaba la diestra del feral monstruo, que solo pudo gritar, sintiendo el lacerante dolor de agujas lazeradas que, como un beso o un mordisco, transmitía esa agridulce sensación de dolor, por su parte, y victoria, por la del león y el humano.

¿Qué importaba perder una mano, o un brazo? Él provocó esto, era un sacrificio necesario. Si su mano no encontraba la de la dama, qué más daba que padeciese esta tortura. Mientras quedara un ápice de su humanidad, lucharía, y esta vez, no estaba solo. Caliburn se esforzaba en ocasionar el mayor daño posible, no por rencor u odio, sino para finalizar esta estúpida contienda. Los alaridos de Belphemon, los cuales constituyeron, durante años, el último sonido que muchos digimons pudieron oír antes de perecer, reverberaban en el pequeño digimon. Intentaba aguantar, pero era demasiado. Solo debía aguantar unos segundos, siquiera un minuto. Reunió las fuerzas suficientes para poder decir.

-No lo mates.

Mensaje dirigido al paladín. Si atacaba al monstruo, no solo heriría al usurpador, también al humano. Y habiendo visto lo que él, sabía que había dignidad e inocencia en el chico. Quizás en su mirada, aparte de decisión, atisbó una chispa, la ceguera del amor, y esta amenazaba con un pasional incendio. Claro que Caliburn ya vio esto en el pasado, con su compañero, y es que este se rindió a los placeres mundanos, y por eso debía saber el caos y confusión que genera dicha flaqueza.

La bestia, malherida, debía recomponerse. La garra estaba inutilizada, pero rendirse era asumir la muerte. No podía cazar al caballero, y su arma le había traicionado. Su cuerpo no tardaría en sucumbir también. Las llamas negras lo recubrían, intentando resultar amenazante, y esto dio lugar a la estratagema. El fuego avivaba el poder del caballero santo, y si antes pudo acceder a esa misma energía, y robarla, un mismo golpe que permitiría derrocar al guerrero y recuperar a esa chiquilla de alma tan pura.

Una nueva luz rompió la noche. Los cuernos de Belphemon se alumbraron, y abriendo sus fauces, no gritó. Expelió, como los dragones en incontables leyendas, un poderoso hálito de poder crudo, que no apuntaba a Ulforce, ni a Sigrun, ni a Caliburn. La ciudad, distanciada por unos kilómetros, era el blanco del ataque. El honor del azulado soldado le instaba a defender a los débiles, y daba igual su velocidad cuando la trayectoria era única. Podría haberle atacado aprovechando esto, y sin embargo, no fue a por él.

Entreteniéndole con esto, los eslabones de la cadena rodearon, como una acerada sierpe, a la desmayada dama, y recogiendoel metal, como quien pesca un salmón, la engulló. Finalizada la artimaña, quiso que el paladín viera fracasada su empresa, que sintiera el dolor de la pérdida, la impotencia, que sufriera. Un puñal anímico justo en el corazón, un ataque directo al pilar moral de Yggdrassil.

Sigrun, adentrándose en un mar turbio, con ese atisbo de consciencia que le quedaba, solo sentía que se hundía. Más y más, intentando luchar, en vano. Una infinita negrura la rodeaba, más allá de lo que sus brazos podían extenderse, más allá de lo que su vista alcanzaba. La atrapaba, cerniéndose por ella, completamente, adentrándose en ella, asfixiándola. Cada segundo, se sentía más débil, más enferma. Esa atmósfera la atenazaba, oprimiendo su cuello, y descendía, como un veneno ingerido, por su ser.

Le faltaba el aire, esa oscuridad la sometía, buscando arrancar de ella esa estrella, el origen del digisoul, su identidad, ella. Estaba débil, y el monstruo lo sabía. Solo a unos centímetros, y lo tendría todo. Ya sentía el sabor de la victoria, y lo que sintió fue amargo. En aquel profundo negro, se pinteó una línea, blanca, impoluta. Como un dibujo de tinta china a la inversa, más de estos trazos fueron apareciendo, y del mismo modo que los peces en un estanque, ondearon, rompiendo la penumbra. Iban ganando fuerza, sumándose al color enemigo, y dibujaron un paisaje. Era simple, y con eso, mucho más que nada.

Un paisaje, un horizonte, y un joven.

Roku, usando el poder robado, y el suyo, en contra de aquella cosa, estaba creando una realidad para estar con ella, con Sigrun. Calmado, procurando esmerarse en cada línea de aquel infinito, atendiendo a la tierra, al cielo, y a ella. Quería que estuviera bien, pero necesitaba hacer la pregunta, decírselo directamente. Aunque doliera más que su mano derecha, quería saberlo. Por supuesto, la ayudaría a salir de las entrañas infinitas del demonio independientemente de qué le respondiese. La miró a los ojos, y formuló:

-Sigrun, ¿qué soy para ti?

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Sigrun Vinter el Sáb Dic 09, 2017 9:59 pm

Ulforce no sabía qué hacer, tenía que eliminar aquella amenaza pero temía que Caliburn saliera herido. No debería importarle, él le traicionó, él decidió seguir a ese demonio. No. Aquello no podía ser. El caballero no podía pensar como su amigo podría traicionarlo. Si estaba a las órdenes de ese Belphemon debía de ser por otra razón. Tal vez le obligara a seguirle. Hace tiempo fue tratado como arma y él lo supo. Era algo que le desagradaba. Cuando se lo asignaron a él, tardó un tiempo en hacerle ver que no era ningún objeto y que podía hablar sin miedo a represalias. Si alguien le decía algo, le amenazaba o insultaba, él estaba allí para defenderle.

Observó con rabia al demonio. Si le estaba haciendo lo mismo a su compañero, si se había atrevido a someterlo como una simple arma. Lo pagaría caro. Fue en ese preciso instante cuando ocurrió algo extraño. A una orden Caliburn adoptó otra forma hiriendo la garra de Belphemon. No comprendía bien lo que había pasado pero no iba a desaprovechar la oportunidad. Se había abierto un hueco en la defensa del enemigo, que rugía por el dolor. Era la oportunidad de Ulforce, sólo debía usar su velocidad para acercarse y clavar su espada en el DigiCore del demonio.

Ya había batido sus alas, ya estaba preparando su espada. Sólo un poco más y pondría a salvo a Sigrun, liberando también a Caliburn.

“No lo mates”

Aquellas palabras detuvieron al caballero cuando ya estaba por sentenciarlo. Palabras que llegaron justo a tiempo. Lo que podría haber supuesto la muerte segura, sólo fue un arañazo de su espada a la altura del corazón. De nuevo agitó las alas, retrocediendo para pensar en lo que acababa de pasar. Podía haberlo matado pero su compañero no lo quiso así. Por desgracia no tuvo mucho tiempo para pensar en los motivos de aquello. La bestia, herida, exhaló un potente ataque que parecía tener como objetivo la ciudad situada a poca distancia de allí. No podía permitirlo. Se elevó situándose  en la trayectoria del ataque y con el brazalete de la mano izquierda generó su escudo que fue lo bastante fuerte como para frenar aquel torrente de energía.

Había salvado miles de vidas pero no la más importante para él. Belphemon, aprovechó la distracción y uso su cadena para atrapar a Sigrun, que permanecía en el suelo semi-inconsciente, y atraerla hacia él. Ulforce cayó en picado intentando alcanzarla pero era demasiado tarde. Su tamer, su compañera desapareció en las fauces de ese monstruo.

Ya en el suelo, frente a Belphemon, el caballero alado quedó en shock. ¿Qué acababa de pasar? Sólo fue un momento. Un instante. Pero fue suficiente para perderlo todo. Sigrun había estado a su lado desde que renació, le había acompañado en los buenos y malos momentos. Y en un segundo había dejado de existir.

- Tú… - reaccionó pero el sentimiento que ahora predominaba era un profundo odio- Las has matado… Ella…

Sus ojos estaban fijos en el demonio pero casi parecía ser la mirada de una bestia. No se lo perdonaría. No iba a dejar que se marchara como si nada. Iba a hacer que sufriera y lamentara haberla asesinado. Ahora que su tamer ya no estaba y que su digisoul no lo alcanzaba, el propio caballero se estaba convirtiendo en un blanco para aquellas sombras que hace mucho tiempo, antes de que existiera el vínculo con Sigrun, lo controlaron. Intentaban que aquello volviera a suceder, entrando en la brecha de su mente que se había abierto. Un aura negra empezó a rodear al caballero. Aún conservaba un poco de cordura que le hacía recordar las palabras de Caliburn y le impedían lanzarse a matar al demonio, pero no iba a durar mucho tiempo.



Sigrun se hundía en la más profunda oscuridad. Sabía que Belphemon la había devorado  pero desconocía dónde se encontraba. Miró a su alrededor, seguía encontrándose muy débil pero mantenía la consciencia. Aún así sólo podía ver oscuridad. ¿Estaba muerta? ¿Acaso ya estaba viajando al otro mundo? Se lo había imaginado distinto. Como en las historias de su tierra ella se había imaginado un Valhalla pero aquello no se parecía en nada. Miró su mano y a pesar de haber oscuridad pudo verla, era como si su cuerpo conservara luz, pero también vio como unas sombras intentaban extenderse por aquél resplandor. También las notó en su cuello, rodeándolo como una soga, y en ambas muñecas y en los tobillos. E incluso por su cintura. Desde varios puntos las sombras intentaban extenderse y hundirla en aquella oscuridad de alrededor.

- Me devoran…- pensó.

No sentía dolor, sólo como sus fuerzas iban desapareciendo. Tuvo miedo ¿Quién no lo tendría al verse así? Pero casi parecía haber asumido su destino. Al fin y al cabo ya estaba muerta. La oscuridad se rompió por una línea blanca a la que le siguieron varias más. Pronto pudo distinguir un paisaje y a alguien en él. Seimei, Roku o Mukuro. Daba lo mismo. Él le hizo una pregunta y ella le dedicó una sonrisa sincera. ¿Qué era Roku para ella? No sabía si podría explicarlo con palabras. Daba igual como hubiera acabado aquella noche, daba igual que hubiera dejado de existir, cuando él acudió ella se sintió mejor e hizo que volviera a sonreír. Y no solo aquél día, todas las veces que se habían encontrado ocurría lo mismo. Le habría gustado volver a vivir con tal de volver a estar a su lado, de sonreírle una vez más. ¿Qué era Roku para ella? Puede que ahora sí que pudiera explicarlo de algún modo.

A pesar de la oscuridad que se extendía por su muñeca y que ya casi había cubierto su brazo, buscó la mano de Roku y se aferró a ella entrelazando sus dedos. Su sonrisa se mantenía mientras se perdía en su mirada. No era una mala manera de desaparecer, de tener una última visión de su existencia.

- Quién me hace sonreír y quien hace latir mi corazón- le dijo- Mukuro, te q…

La oscuridad le impidió seguir. Como una negra garra las sombras apretaron más su cuello queriendo estrangularla. La valquiria abrió la boca intentando tomar aire en vano, no podía respirar. Sentía que la muerte ya estaba allí, que la haría desaparecer y que no tendría piedad.

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

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