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6 meses despues de la ultima carrera, un BanchoLeomon reune al viejo equipo de organizacion para dar un nuevo espectaculo, pero en esta carrera, el misterioso patrocinador ha enviado a un "Aspirante a Campeon" con un extraño y unico Digivice. ¿Que es lo que sucedera a lo largo del evento y como funciona este nuevo digivice?.
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三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Roku Ginshô el Jue Nov 23, 2017 6:59 pm

¿Qué es lo que quería? Como la polilla a la llama, deseaba fundirse con ese fuego, más allá del sentimiento, más allá del pensamiento, quedando solo un primigenio instinto: la preservación. Aquella llama era vida, fuerza, ánima, que le impulsaba a estar allí, a estar con ella. ¿Por ella? No, ella solo era el origen de esa lumbre, mas no la llama misma, ese azul adictivo que seducía e instaba a un mordisco más, solo uno más. Y como el hambre de Gargantúa, el gigante de Rabelais, cuya sed le hacía vaciar ríos enteros, lo que le parecía un sorbo suponía una catarata fluyendo por su garganta.

¿Y Sigrun?

Su palidez y suspiros alertaban a Roku, expirando cada vez más débilmente. Su vida se apagaba, y pese a esto, él quería más. “Solo un poco”, se decía, sin atender a la dulce voz que se iba apagando. “¿Qué estoy haciendo?”, cruzaba su pensamiento, sabiendo qué pasaría de rendirse a sus caprichos. Del mismo modo que el Lamphrantus, la brillante llama de Belphemon, cuyo nombre nace de una simple y débil flor, se sentía atraído, misteriosamente bien, como si alguien le susurrara al oído que ningún mal le atormentaría. Claro que no era así, sabía el precio, aún recordaba las quemaduras y el dolor que experimentaba al acceder a esa fuerza primigenia, arrancándolo de las leyes humanas como quien deshoja los delicados pétalos. ¿Estaba él haciendo lo mismo con ella?

Se detuvo. Pese al placer, notó un hondo arrepentimiento, pues hacía lo mismo que ese demonio hacía con él, parasitar a otros solo por unos instantes de lúcida felicidad. Observó el resultado de su flaqueza, sin saber qué hacer antes de, ante su profundo horror y repugnancia, reiteró el mordisco. Quería más, era insaciable. ¿Era él? Quiso pensar que no, y sintió esa otra presencia que le instaba a hacerlo. Podría culpar a esta sombra de sus actos, claro que no sería justo. Pues él también quería más de Sigrun.

La hoja, a escasos centímetros del cuello, instaba a finalizar aquel contacto mortal. Quería más. Contempló la gallarda figura del caballero azur, sin mostrar miedo por el sable. Para él, solo era un obstáculo a su felicidad, pero para el otro, más de ese añil intenso que necesitaba. Ambas almas peleaban, reclamando el control. ¿Qué quería a él? ¿Sigrun, o solo su Lamphrantus? Esa llama tentadora, esa flor añorada...

-Ven aquí -extendiendo la mano, reclamó su presencia- ¿Quieres un duelo de espadas? Sea pues.

Conectados por una cadena invisible, Caliburn debía obedecer. Quería gritar, pero el yugo aprisionaba su cuello más y más. Solo era una herramienta, un arma más. Siempre la misma historia con distinto protagonista. Salvo por él, ese caballero de brillante armadura, esa estrella azul en el firmamento. Lo hubiera dado todo por poder dedicarle solo unas palabras, y lo hubiera dado todo por evitar esa situación. Convertido de nuevo en hierro, su filo amenazaba al que otrora fue su amigo.

-Forma de espada gigante.


Y accediendo a toda la ira y rabia de haber sido separado de su propia estrella, el rugido de Belphemon rompió el silencio nocturno. La cornamenta, como una macabra corona, anunciaba su presencia, y es que la carne y sangre del humano era sustituida por la bestia titánica, que podía blandir el arma como un simple cuchillo de cocina. Sonriendo, se sentía poderoso, vivo, victorioso.

No había victoria en su corazón, pues Roku solo era un peón en aquel plan. Un peón alejado de su reina, arrastrado por un mar de dudas, rencores y una impotencia sin igual.

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Sigrun Vinter el Lun Dic 04, 2017 12:34 am

Ulforce sentía unas ganas terribles de eliminar a ese humano ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo pudo intentar matarla? Recordaba perfectamente aquél día en el Mundo Humano, tras la batalla contra aquellos digimons. Seimei, aquél al que ahora apuntaba con su espada, salió herido y Sigrun usó sus llamas para curarle. Le salvó la vida. ¿Por qué había actuado así? Fuese cual fuese la razón no debía dudar. Su compañera estaba tras él, debía protegerla e impedir que Seimei volviera a acercarse a ella.

Pero por lo visto el humano no parecía estar de acuerdo. Hizo aparecer una espada gigante y le desafió, pero eso no fue lo último que hizo. Antes de que Ulforce pudiera averiguar cómo había convocado esa arma, notó que su cuerpo cambiaba. Dónde antes había un humano,  ahora había un gran demonio que Ulforce conocía muy bien. Belphemon. Aún le venían a la mente los rugidos de aquella enorme bestia y los esfuerzos de sus hermanos y suyos para darle muerte. Por supuesto, aquel digimon no podría ser el demonio que habitaba en los recuerdos del caballero. Era un demonio distinto, pero un demonio que también debía eliminar.

- ¡Voy a hacerte pagar lo que le has hecho a Sigrun! – gritó de rabia.

Se lanzó contra él, tan rápido como pudo. Ambos aceros chocaron el uno contra el otro, soltando chispas. Y sin dar un respiro la V de su armadura empezó a brillar. Iba a disparar con todas sus fuerzas. Esa katana podría frenar su arma pero no un rayo de energía desde una distancia tan corta. Era imposible fallar, imposible que saliera ileso de un ataque con aquella potencia. Y fue entonces cuando escuchó algo.

Un latido.

A la mente le vino la imagen de un antiguo compañero. Un pequeño león blanco que le miraba con una sonrisa. Fue más que un compañero, fue un amigo. ¿Por qué ese latido? ¿Por qué ahora? Canceló su ataque y se retiró, retrocediendo y tomando algo de distancia, pero siempre interponiéndose entre Seimei y Sigrun. No tenía ninguna duda respecto a lo que había sentido pero ¿de dónde vino? Sus ojos observaron aquella katana que apareció de la nada y de repente le asaltó un sentimiento de familiaridad y lo escuchó de nuevo. Un latido. El latido de su compañero.

- ¿Caliburn? – preguntó en voz alta dirigiéndose a la espada.

No tenía dudas al respecto, podía sentirlo y por un instante se sintió feliz. Por desgracia esa sensación no duró mucho tiempo. Ahora su situación se había complicado. Tenía que derrotar a ese demonio pero si luchaba con todas sus fuerzas temía hacer daño a Caliburn. Y había algo que le atormentaba ¿Por qué acudió a la llamada de Seimei? ¿Por qué lo obedecía? Tenía miedo de pensar que fuese su aliado, que lo hubiese traicionado. ¿Hizo él algo mal? ¿Acaso ahora Caliburn le odiaba por algo?

Cambió su actitud, adoptando a ahora una posición más defensiva. Seguía sintiendo odio hacia ese humano, un odio ahora duplicado por haberle arrebatado a su amigo. Sin embargo debía actuar con cautela, aún con la posibilidad de que lo hubiese abandonado se negaba a causarle daño. ¿Pero cómo iba a luchar ahora?

Sigrun, por su parte, seguía en el suelo. No estaba del todo inconsciente pero lo veía todo como si fuese otra realidad, como si estuviese viendo alguna película. Era incapaz de asumir todo eso. Quería detenerles, quería impedir que se hiciesen daño pero no podía mover si quiera su mano. Su cuerpo no tenía fuerzas. Eso la destrozaba por dentro. Lo único que podía hacer era verles luchar mientras ella misma luchaba por mantener la consciencia.

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Roku Ginshô el Jue Dic 07, 2017 12:50 am

El acero restalló contra el acero, ambos filos se encontraron, y las chispas de aquel cruce iluminaron una noche cada vez más aciaga. Había estrellas ancladas en el firmamento, como pequeños haces irrumpiendo en la oscuridad, pero esos lejanos soles se encontraban eclipsados. La figura amenazante de aquel coloso impedía divisar esos resplandores, como si el crepúsculo hubiera traído una noche cerrada, sin luz alguna.

Lo único que se develaba en aquel manto negro, eran las armas del caballero, hechas de luz pura, luz que alumbraba el gigantesco filo que antaño fue suyo, pero más que una herramienta, un amigo, convertido ahora en puñal que auspiciaba su muerte. Dos luces rojas, la mirada del monstruo, seguía los movimientos, como quien intenta anticiparse al vuelo de una mosca. Se sentía grande, poderoso, y quería más.

Con ese arma, y ese cuerpo, podría revelarse contra ese Dios traidor, sublevarse contra ellos, reclamar lo que era suyo por derecho. Le daba igual la resistencia que manifestaba el arma, Lampranthus castigada la insolencia, recorriendo el metal, dejándolo a rojo, como si fuera a marcar una res, una “cosa”. La ironía de tratar a la herramienta como él había sido tratado no se percibía, pues embriagado del éxito nocturno, solo pensaba en futuros triunfos.

-Spadamon, forma de doncella de hierro.

Él no dijo eso. El humano, ¡seguía ahí! Su voluntad, aferrada como una garrapata, intentaba recuperar el control. Antes de pensar en algo más, y siguiendo la orden, Caliburn adquirió una nueva forma. El metal se amoldó, cubriendo la garra, y antes de que esta liberara el castigo del fuego, las espinas de hierro penetraron la carne, llegando hasta el hueso. La figura de una acerada dama abrazaba la diestra del feral monstruo, que solo pudo gritar, sintiendo el lacerante dolor de agujas lazeradas que, como un beso o un mordisco, transmitía esa agridulce sensación de dolor, por su parte, y victoria, por la del león y el humano.

¿Qué importaba perder una mano, o un brazo? Él provocó esto, era un sacrificio necesario. Si su mano no encontraba la de la dama, qué más daba que padeciese esta tortura. Mientras quedara un ápice de su humanidad, lucharía, y esta vez, no estaba solo. Caliburn se esforzaba en ocasionar el mayor daño posible, no por rencor u odio, sino para finalizar esta estúpida contienda. Los alaridos de Belphemon, los cuales constituyeron, durante años, el último sonido que muchos digimons pudieron oír antes de perecer, reverberaban en el pequeño digimon. Intentaba aguantar, pero era demasiado. Solo debía aguantar unos segundos, siquiera un minuto. Reunió las fuerzas suficientes para poder decir.

-No lo mates.

Mensaje dirigido al paladín. Si atacaba al monstruo, no solo heriría al usurpador, también al humano. Y habiendo visto lo que él, sabía que había dignidad e inocencia en el chico. Quizás en su mirada, aparte de decisión, atisbó una chispa, la ceguera del amor, y esta amenazaba con un pasional incendio. Claro que Caliburn ya vio esto en el pasado, con su compañero, y es que este se rindió a los placeres mundanos, y por eso debía saber el caos y confusión que genera dicha flaqueza.

La bestia, malherida, debía recomponerse. La garra estaba inutilizada, pero rendirse era asumir la muerte. No podía cazar al caballero, y su arma le había traicionado. Su cuerpo no tardaría en sucumbir también. Las llamas negras lo recubrían, intentando resultar amenazante, y esto dio lugar a la estratagema. El fuego avivaba el poder del caballero santo, y si antes pudo acceder a esa misma energía, y robarla, un mismo golpe que permitiría derrocar al guerrero y recuperar a esa chiquilla de alma tan pura.

Una nueva luz rompió la noche. Los cuernos de Belphemon se alumbraron, y abriendo sus fauces, no gritó. Expelió, como los dragones en incontables leyendas, un poderoso hálito de poder crudo, que no apuntaba a Ulforce, ni a Sigrun, ni a Caliburn. La ciudad, distanciada por unos kilómetros, era el blanco del ataque. El honor del azulado soldado le instaba a defender a los débiles, y daba igual su velocidad cuando la trayectoria era única. Podría haberle atacado aprovechando esto, y sin embargo, no fue a por él.

Entreteniéndole con esto, los eslabones de la cadena rodearon, como una acerada sierpe, a la desmayada dama, y recogiendoel metal, como quien pesca un salmón, la engulló. Finalizada la artimaña, quiso que el paladín viera fracasada su empresa, que sintiera el dolor de la pérdida, la impotencia, que sufriera. Un puñal anímico justo en el corazón, un ataque directo al pilar moral de Yggdrassil.

Sigrun, adentrándose en un mar turbio, con ese atisbo de consciencia que le quedaba, solo sentía que se hundía. Más y más, intentando luchar, en vano. Una infinita negrura la rodeaba, más allá de lo que sus brazos podían extenderse, más allá de lo que su vista alcanzaba. La atrapaba, cerniéndose por ella, completamente, adentrándose en ella, asfixiándola. Cada segundo, se sentía más débil, más enferma. Esa atmósfera la atenazaba, oprimiendo su cuello, y descendía, como un veneno ingerido, por su ser.

Le faltaba el aire, esa oscuridad la sometía, buscando arrancar de ella esa estrella, el origen del digisoul, su identidad, ella. Estaba débil, y el monstruo lo sabía. Solo a unos centímetros, y lo tendría todo. Ya sentía el sabor de la victoria, y lo que sintió fue amargo. En aquel profundo negro, se pinteó una línea, blanca, impoluta. Como un dibujo de tinta china a la inversa, más de estos trazos fueron apareciendo, y del mismo modo que los peces en un estanque, ondearon, rompiendo la penumbra. Iban ganando fuerza, sumándose al color enemigo, y dibujaron un paisaje. Era simple, y con eso, mucho más que nada.

Un paisaje, un horizonte, y un joven.

Roku, usando el poder robado, y el suyo, en contra de aquella cosa, estaba creando una realidad para estar con ella, con Sigrun. Calmado, procurando esmerarse en cada línea de aquel infinito, atendiendo a la tierra, al cielo, y a ella. Quería que estuviera bien, pero necesitaba hacer la pregunta, decírselo directamente. Aunque doliera más que su mano derecha, quería saberlo. Por supuesto, la ayudaría a salir de las entrañas infinitas del demonio independientemente de qué le respondiese. La miró a los ojos, y formuló:

-Sigrun, ¿qué soy para ti?

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Sigrun Vinter el Sáb Dic 09, 2017 9:59 pm

Ulforce no sabía qué hacer, tenía que eliminar aquella amenaza pero temía que Caliburn saliera herido. No debería importarle, él le traicionó, él decidió seguir a ese demonio. No. Aquello no podía ser. El caballero no podía pensar como su amigo podría traicionarlo. Si estaba a las órdenes de ese Belphemon debía de ser por otra razón. Tal vez le obligara a seguirle. Hace tiempo fue tratado como arma y él lo supo. Era algo que le desagradaba. Cuando se lo asignaron a él, tardó un tiempo en hacerle ver que no era ningún objeto y que podía hablar sin miedo a represalias. Si alguien le decía algo, le amenazaba o insultaba, él estaba allí para defenderle.

Observó con rabia al demonio. Si le estaba haciendo lo mismo a su compañero, si se había atrevido a someterlo como una simple arma. Lo pagaría caro. Fue en ese preciso instante cuando ocurrió algo extraño. A una orden Caliburn adoptó otra forma hiriendo la garra de Belphemon. No comprendía bien lo que había pasado pero no iba a desaprovechar la oportunidad. Se había abierto un hueco en la defensa del enemigo, que rugía por el dolor. Era la oportunidad de Ulforce, sólo debía usar su velocidad para acercarse y clavar su espada en el DigiCore del demonio.

Ya había batido sus alas, ya estaba preparando su espada. Sólo un poco más y pondría a salvo a Sigrun, liberando también a Caliburn.

“No lo mates”

Aquellas palabras detuvieron al caballero cuando ya estaba por sentenciarlo. Palabras que llegaron justo a tiempo. Lo que podría haber supuesto la muerte segura, sólo fue un arañazo de su espada a la altura del corazón. De nuevo agitó las alas, retrocediendo para pensar en lo que acababa de pasar. Podía haberlo matado pero su compañero no lo quiso así. Por desgracia no tuvo mucho tiempo para pensar en los motivos de aquello. La bestia, herida, exhaló un potente ataque que parecía tener como objetivo la ciudad situada a poca distancia de allí. No podía permitirlo. Se elevó situándose  en la trayectoria del ataque y con el brazalete de la mano izquierda generó su escudo que fue lo bastante fuerte como para frenar aquel torrente de energía.

Había salvado miles de vidas pero no la más importante para él. Belphemon, aprovechó la distracción y uso su cadena para atrapar a Sigrun, que permanecía en el suelo semi-inconsciente, y atraerla hacia él. Ulforce cayó en picado intentando alcanzarla pero era demasiado tarde. Su tamer, su compañera desapareció en las fauces de ese monstruo.

Ya en el suelo, frente a Belphemon, el caballero alado quedó en shock. ¿Qué acababa de pasar? Sólo fue un momento. Un instante. Pero fue suficiente para perderlo todo. Sigrun había estado a su lado desde que renació, le había acompañado en los buenos y malos momentos. Y en un segundo había dejado de existir.

- Tú… - reaccionó pero el sentimiento que ahora predominaba era un profundo odio- Las has matado… Ella…

Sus ojos estaban fijos en el demonio pero casi parecía ser la mirada de una bestia. No se lo perdonaría. No iba a dejar que se marchara como si nada. Iba a hacer que sufriera y lamentara haberla asesinado. Ahora que su tamer ya no estaba y que su digisoul no lo alcanzaba, el propio caballero se estaba convirtiendo en un blanco para aquellas sombras que hace mucho tiempo, antes de que existiera el vínculo con Sigrun, lo controlaron. Intentaban que aquello volviera a suceder, entrando en la brecha de su mente que se había abierto. Un aura negra empezó a rodear al caballero. Aún conservaba un poco de cordura que le hacía recordar las palabras de Caliburn y le impedían lanzarse a matar al demonio, pero no iba a durar mucho tiempo.



Sigrun se hundía en la más profunda oscuridad. Sabía que Belphemon la había devorado  pero desconocía dónde se encontraba. Miró a su alrededor, seguía encontrándose muy débil pero mantenía la consciencia. Aún así sólo podía ver oscuridad. ¿Estaba muerta? ¿Acaso ya estaba viajando al otro mundo? Se lo había imaginado distinto. Como en las historias de su tierra ella se había imaginado un Valhalla pero aquello no se parecía en nada. Miró su mano y a pesar de haber oscuridad pudo verla, era como si su cuerpo conservara luz, pero también vio como unas sombras intentaban extenderse por aquél resplandor. También las notó en su cuello, rodeándolo como una soga, y en ambas muñecas y en los tobillos. E incluso por su cintura. Desde varios puntos las sombras intentaban extenderse y hundirla en aquella oscuridad de alrededor.

- Me devoran…- pensó.

No sentía dolor, sólo como sus fuerzas iban desapareciendo. Tuvo miedo ¿Quién no lo tendría al verse así? Pero casi parecía haber asumido su destino. Al fin y al cabo ya estaba muerta. La oscuridad se rompió por una línea blanca a la que le siguieron varias más. Pronto pudo distinguir un paisaje y a alguien en él. Seimei, Roku o Mukuro. Daba lo mismo. Él le hizo una pregunta y ella le dedicó una sonrisa sincera. ¿Qué era Roku para ella? No sabía si podría explicarlo con palabras. Daba igual como hubiera acabado aquella noche, daba igual que hubiera dejado de existir, cuando él acudió ella se sintió mejor e hizo que volviera a sonreír. Y no solo aquél día, todas las veces que se habían encontrado ocurría lo mismo. Le habría gustado volver a vivir con tal de volver a estar a su lado, de sonreírle una vez más. ¿Qué era Roku para ella? Puede que ahora sí que pudiera explicarlo de algún modo.

A pesar de la oscuridad que se extendía por su muñeca y que ya casi había cubierto su brazo, buscó la mano de Roku y se aferró a ella entrelazando sus dedos. Su sonrisa se mantenía mientras se perdía en su mirada. No era una mala manera de desaparecer, de tener una última visión de su existencia.

- Quién me hace sonreír y quien hace latir mi corazón- le dijo- Mukuro, te q…

La oscuridad le impidió seguir. Como una negra garra las sombras apretaron más su cuello queriendo estrangularla. La valquiria abrió la boca intentando tomar aire en vano, no podía respirar. Sentía que la muerte ya estaba allí, que la haría desaparecer y que no tendría piedad.

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Roku Ginshô el Sáb Dic 30, 2017 11:09 pm

La garra, lacerada, luchaba por liberarse de aquel acerado abrazo. Notaba los huesos rotos, la sangre que manaba, la carne desgarrada, un calor febril, desagradable, que sentían tanto el humano como el monstruo. El lamento no era mutuo, y pese al dolor creciente, a las heridas abiertas, Roku extendió su diestra, prácticamente mutilada, para que sus dedos alcanzaran los de Sigrun, entrecruzándolos. Era un dulce dolor, pues al calor del rojo que manaba de las cicatrices se sumaba el de la pálida piel de la dama, en un contraste de sensaciones inefable, que pese al sufrimiento que padecía, no quería que acabase.

Una vez más, la beso, deseando que esa barrera que les separada dejara de existir. Cosa imposible, pues el hecho de que estuvieran juntos se debía, precisamente, a que esa misma oscuridad nacida del miedo, la impotencia y la rabia. ¿Debía retenerla a su lado, actuando de modo egoísta? ¿O distanciarse de ella para saber que es feliz... Sin él? Ninguna de las dos opciones satisfacía sus deseos, y habiendo perdido tanto en estos trescientos sesenta y cinco días coexistiendo con criaturas y poderes desconocidos, perdiendo un poco de su humanidad día tras día, pagando el precio de seguir existiendo más como monstruo que como persona.

¿Y para qué? ¿Qué había conseguido? ¿Qué era lo que quería? Todo el camino recorrido, más por inercia que por necesidad, le había llevado a ese punto sin retorno. Al alcance de su mano, solo a unos centimetros, la tenía a ella. ¿Aquella era su meta? ¿Descansar por fin al lado de la amada? ¡No! Aún no era libre, ni había conseguido nada, ¡nada! que justificara su descanso. Su entrega al clan rompió el vínculo con sus superiores, y la máscara de Adam le permitió cambiar el mundo, queriendo pensar que a mejor. Las investigaciones de Seimei le permitían conocer más de este mundo, y Vidar hermanaba los conocimientos a su fin práctico. Hasta Azazel, su “yo” más irracional y salvaje, servía para imponerse a otros. Fue este el que ayudó a romper el enlace con aquella mezquina sociedad donde era poco más que un instrumento.

Con todo esto, ¿quería por fin descansar? No, así no. Extendió su mano, acercándose a la figura de su deseo, mas no tocó los dorados cabellos o la piel de mármol, sino que los dedos apuntaron al cielo. Si esa oscuridad era mutua, tanto suya como de la presencia que fagocitó, podía reclamarla como amo y señor. Del mismo modo, la energía que le drenaba para subsistir sería arrebatada. La dimensión se plegó, blanco y negro chocando violentamente, y rupturas, como relámpagos cortando las nubes, rompían la armonía de aquella monócroma existencia. Los colores luchaban por mantenerse separados, pero él los juntó. Ni un héroe, ni un villano, ni luz, ni oscuridad. Simplemente, él.

Todo el espacio cobró el color de la plata, contrastando con el oro que rodeaba a Sigrun. Las fisuras, similares a escamas, empezaron a moverse, dotadas de vida. Aquel lugar, era de Roku, más incluso, el espacio mismo era Roku. O Mukuro. Adam, Vidar, Seimei, Azazel. Incluso el Quinto. ¿Y un solo ser se oponía a quien era muchos? El dragón rugió, y desplegando sus alas, sobrevoló el lugar, borrando todo atisbo de oscuridad. Esta, mezquina, escondía los núcleos, pequeños orbes que albergaban la vida del invasor, y en aquel plateado cielo, refulgían como estrellas apostadas en el firmamento.

La bestia azabache sintió el peligro, y es que su oscura piel contrastó con el resplandor de esas diminutas lumbres, que anunciaban su fin. Quiso cubrirse, impedir ese ataque, pero ya era tarde. El león abandonó la prisión, saltando desde el gigantesco brazo hasta el caballero. Le hubiera gustado disponer de tiempo para hablar, pero eso era lo que menos poseía. Solo era un vestigio de su verdadera forma, y no podía desatender su misión. De modo similar a lo que antes hizo, su carne se tornó acero de nuevo, y rodeó el brazo del caballero, transformándose en la empuñadura de un nuevo arma. Al brazalete V, el arma emblemática de Ulforce, se le dispuso un verdadero guantelete, similar a la garra de un dragón, y en torno al núcleo de aquella arma, una V metálica, similar a las miles de guardas que han dispuesto las espadas a lo largo de las eras, que reflactaba y acumulaba el poder santo nacido de aquel guerrero.

-Ulforce, quien atacó a tu dama se esconde en ese cuerpo, no es suyo -se comunicaba-. El verdadero dueño está localizando sus corazones para que acabes con él. Deja que te ayude, como en los viejos tiempos, ¿sí?

Era un deseo cumplido. Poder hablar, poder estar cerca. Pero se acercaba, poco a poco, el amargo final. Roku abrazó a Sigrun, viendo el resultado de su estupidez y egoísmo. Solo había pasado un año, y había cambiado. A mejor, a peor. Por todos, por él, por ella. Le quedaba un largo camino por recorrer, estaba claro, mas ahora poseía el valor para poder decírselo.

Y tras pronunciar las palabras, antes de que aquel mundo oscuro fuera erradicado, la beso. Dulcemente, sin imponerse. Una disculpa, un deseo, una determinación. Un simple beso, que a su vez, para él, lo suponía todo.

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Sigrun Vinter el Dom Ene 07, 2018 11:49 pm

Lo mataría, lenta y dolorosamente. Iba a hacer que sufriera por matar a Sigrun. En la mente del caballero ya no parecía haber ningún atisbo de cordura, las sombras lo habían hundido en el más profundo odio y sed de venganza. Gritaba a los cielos de rabia mientras su armadura empezó a oscurecerse. Pero a pesar de todo, aún había algo de cordura en él. El verdadero Ulforce sentía las garras de aquella dimensión en la que estuvo atrapado tras la última guerra, lejos de los suyos, durante siglos. Su mente luchaba por ganar el control de su cuerpo y escapar de la influencia de aquellos seres de sombras.

Pero no tenía poder suficiente, sus ánimos estaban por los suelos. ¿Había algo por lo que aún pudiera luchar? Sigrun había muerto, delante de sus ojos ¿Qué le quedaba? ¿Por quién alzaría de nuevo su espada? De repente una luz espantó a las sombras, un león blanco saltó hacía él tomando una forma distinta en su brazalete. De pronto dejó de sentirse sólo. Ulforce encontró una presencia amiga a su lado, alguien en quien confiar.

Encontró a su antiguo compañero.

Acarició el ahora guantelete, casi parecía que ahora poseía una verdadera garra de dragón. Era él, no había duda alguna. Su amigo, su hermano había regresado de nuevo con él, dispuesto a luchar de nuevo a su lado. Su presencia echó fuera a las sombras definitivamente de Ulforce, y su armadura volvió al azul de siempre. Volvió de nuevo en si gracias él.

- Te he echado de menos- le susurró.

Ulforce escuchó lo que su compañero le contaba y observó al Belphemon. Por lo que le contaba Caliburn entendía que ese demonio estaba controlando el cuerpo de Seimei y era él el culpable de lo que le había pasado a Sigrun y no el humano. Se sintió mal por haberle acusado tal grave crimen. Debía disculparse como es debido pero antes tenía un demonio que matar.

- ¡Luchemos juntos, Caliburn!

Cuando vio las luces emerger de la oscura piel de Belphemon supo que había llegado el momento de vengarse. La nueva espada apareció del guantelete, silbando al viento para anunciar su llegada. El caballero batió sus alas acercándose velozmente al objetivo. En el último momento giró para tratar de confundirle y evadir cualquier intento de protegerse. Allí estaban aquellos corazones como estrellas brillando.

- ¡¡Desaparece, demonio!! – gritó antes de efectuar un tajo para destruir  aquellos núcleos.



Aquél mundo empezaba a venirse abajo, pero Sigrun sólo podía sonreír ante las palabras de Roku. Si aquél era un sueño no quería despertar, quería quedarse allí, a su lado. Un nuevo beso, dulce, hizo acto de presencia y aunque sólo pudo durar unos segundos, fueron inolvidables para la valquiria. Ella cerró los ojos, disfrutando y atesorando ese recuerdo pero cuando volvió a abrirlos Roku había desaparecido y aquella dimensión también. La calidez del abrazo dio paso al frío tacto del suelo, pero aquella sensación en los labios seguía ahí. ¿Fue realmente un sueño? No, no lo había sido. No sabía cómo, pero esas palabras fueron reales. Roku fue real.

- ¡Sigrun! ¿Estás bien?

Ulforce aterrizó a su lado, la vio salir de aquél ser como un haz de luz azul y aparecer de nuevo en el suelo y acudió de inmediato, no parecía estar herida y eso le hizo respirar de nuevo tranquilo. La valquiria, por su parte, trató de levantarse pero no pudo. Sentía un agotamiento extremo, no tenía fuerzas para volver a ponerse en pie.

- ¿Dónde… está él?- preguntó con voz débil.

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Roku Ginshô el Jue Feb 01, 2018 4:50 am

Errante por aquel limbo, como un cometa cuya helada superficie se rasga en el infinito de los cielos, vagaba sin rumbo, oscilando entre dos posibles realidades. El demonio había perecido, siendo sus corazones segados ante el filo cruel de una espada, y quedando aquel espacio separado en dos bandos, perfectamente en contraste. Un horizontes de sucesos, blanco y negro, y él en medio, inmutable, mero observador. ¿Qué quedaba ya de él? Solo cenizas. Su existencia ya dolía, quería poner fin a aquel dolor, pero por sí solo no podía hacer nada. Podía solo tomar aquella decisión final: la luz, o la sombra. Un último pensamiento, antes de desvanerse.

-¿Quieres vivir?

El humano, tranquilo, permanecía al lado de sus marchitos restos. Al usurpador ya no le quedaba mucho tiempo, herido mortalmente, ya no habría segundas oportunidades. Juntos observaban, como si de un eclipse o del amanecer se tratara, la fluctuación de esas fuerzas antagónicas. Una marea monocromática de un mundo inexistente, habitado por dos únicas entidades. Él se sentó a su lado, fijando la mirada en el horizonte. Tenía muchas preguntas, pero el rencor atenazaba su garganta, ya que por él atacó a Sigrun. Claro que, por él, estuvo unas horas a solas con la atareada RK, y pudo hablar con ella, volverla a ver, y vio más allá de la valquiria al servicio de Yggdrassil. Vio que lo que sentía por ella era más que simple admiración.

-Lo siento, no puedo ayudarte en eso -respondía a su mudo interlocutor-. La maldición de Azazel funciona así. Dispone su fuerza sin restricción alguna, pero tu vida es el pago que se cobra. Más poder, más rápido pereces. Y por supuesto, has abusado de él -observó las cicatrices que conservaba tras su regeneración-. También porto ese mal, y pese a que he buscado soluciones al problema, solo retraso lo inevitable pero, ¿sabes? Reconozco que la tentación del poder crudo es irresistible, por eso creo que puedo entenderte.

Quería ese poder, lo necesitaba. Desde su advenimiento a este mundo, siempre se exigió más y más, e incluso pese a los encargos y mandamientos, procuraba hacer las cosas a su modo y entendimiento, complicando sus deberes. Ahora, esa necesidad se había extendido, como una enfermedad, a sus labores en el clan. ¿De dónde nacía esa necesidad? ¿Quién le imponía esa carga? Nadie, ciertamente, era su forma de ser, para lo bueno y para lo malo. Tal vez por esto no había sucumbido, como otros, a la maldición, al no delegar ciegamente en aquel demonio. Quería despertar su propio potencial, adquirir sus propios logros... Y aceptar sus faltas y errores.

-Al menos, tu recuerdo y memorias perdurarán aquí. No solo tu cuerpo, tu existencia es asimilada por el demonio. Solo algunos logran sobreponerse y existir en su dimensión, más allá de ser una sombra -posó el pulgar sobre la frente del moribundo-. No es mucho, lo sé. Aunque no digas nada, preservar tu “vida”, “alma”, “existencia”, o como quieras decirle debe ser mejor que el sufimiento eterno, ¿no? Lo segundo no es muy agradable, al ser el portador, puedo sentir a las otras presencias -las pesadillas, los gritos, las alucinaciones.... A medida que entendía el origen de esto, se hacía más llevadero-. Y podré sentirte a ti. De hecho, el pago por esto es poder acceder a tus recuerdos, espero que no te moleste. Y aunque así sea, creo que me lo debes por usurpar mi cuerpo. “Quien a hierro mata...

… a hierro muere”, dice la inmortal frase atribuida a Shakespeare. Presionando, la criatura expiró, pero su último aliento, el “aura”, no se desvaneció en el éter de la inexistencia, sino que sumó su fuerza a la de Roku. Pudo ver su origen, un espacio desolado y yermo, poblado de seres igual de desesperados. Sintió repulsión, ningún humano querría estar ahí, y podía notar como “algo” no iba bien. Se sentía en caída libre por un pozo, cada vez más profundo y oscuro, o como si la marea intentase engullirle. Debía salir de ahí, ahora tenía motivos por los que volver.

-Sigrun...

Dentro del clan, era un criminal. Para los nativos, un monstruo, y para los suyos, un traidor. ¿Y para Sigrun? Un mentiroso, sin duda. Más allá de su maldición, a su espalda se cargaba el peso de sus decisiones y errores. ¿Quería vivir así? No, había sido un año de fracasos, pero también de triunfos. Había sobrevivido a la maldición, impulsaba la economía, conocía mejor a los habitantes de ese nuevo mundo, incluso había iniciado investigaciones para ahondar aún más en su existencia... Y en la propia.

El cuerpo del Belphemon se descomponía, perdiendo piel, músculo, huesos... Hasta presentar cuadrículas luminosas que quebraban su malla, rompiéndose en hilos de luz que ascendían, como ninfas a la luz de la Luna, emergiendo de él la figura humana de Roku, si es que aún se le podía seguir definiendo así. Lo primero que notó al regresar al mundo de los vivos, fue la mirada rapaz del ave dorada, posada en las ramas de un árbol solitario, que le vigilaba. El adalid impuesto por los valkirs no podía importarle menos, e ignorando el encuentro con aquellos ojos dorados, se dirigió a Sigrun, queriendo ver su estado. La palma de la mano buscó su frente, y los dedos se deslizaron por su rostro, comprobando su temperatura. Fría, demasiado fría para su gusto, debía sacarla de la interperie y conducirla a un lugar cálido, un hospicio o similar.

-¡Si pensabas tirar fuegos artificiales, podrías haber avisado! -la socarrona voz de Tyr violó el sepulcral silencio- ¡No puedes ir por ahí liberando demonios y pilares de fuego, sin esperar a que no vengamos a detenerte! -sacó la lengua, para luego fijarse en el caballero santo- Antes de que digas nada, “Azulito”, este tipo está bajo nuestra jurisdicción, y no creas que no podemos plantarte cara, porque hemos venido el cuerpo entero.
-Tyr, relájate -con un silbido, su mascota fue al encuentro de Bragi, que ofreció su brazo para que descansara-. Lo que menos necesitamos ahora es acrecentar el conflicto... Este... ¿Ulforce? -para Bragi, la mayoría de los RK's eran iguales, y aunque tuvo suerte en acertar, casi lo declara Magnamon o Jessmon- Lamento las molestias de nuestro... -¿qué era Roku para los US?- ¿Reo?
-Callaos los dos -ordenó Forseti, que mediaba-. Hemos tenido que venir para paliar los posibles daños de un operativo descontrolado, pero parece que no ha sido así. Aunque no lo parezca, el humano pertenece a una fuerza de élite secreta US. Lamentamos el desorden que haya ocasionado, pero ahora...

Todos callaron cuando, con un gesto, Hordd manifestó que la palabras eran inecesarias. A su vera le seguía una figura ataviada con los ropajes típicos de un galeno, que con parsimonia se acercó a Sigrun. Posó su mano en el hombro de Roku, sugiriendo que se alejara, y tanto a la muchacha como a su compañero proyectó un orbe de luz, lento pero radiante, que restituía los daños superficiales. Una de las técnicas sanadoras de los valkirs.

-Tranquilo, dentro del grupo, es la más talentosa en cuanto a labores de curandera.
-Pese a que no pudo sanar su garganta -antes de terminar la frase, Tyr sufrió el pomo de la espada desenvainada de Forseti en la boca de su estómago- ¡Joder, qué censura!
-Como decía... Bragi detectó que algo iba mal y hemos tenido que venir todos, ya que nuestro superior directo ha percibido que algo iba mal, pero no solo con nuestro “amigo” -Hordd miraba, pese a carecer de vista, a Roku-, sino con vuestra tamer. La acechaba una presencia desconocida o, al menos, no un digimon común, y menos un engendro de Digital INC. Y esta criatura...
-Ha drenado parte de la energía de Sig -se interrumpió, no podía llamarla así delante de todos- de Lady Vinter. Él y los suyos empleaban técnicas ilusorias y manipulación del espacio -por lo que él sabía, estas técnicas eran reguladas por los RK, que como clan prohibía su abuso por el riesgo de invadir otros mundos-. Quise asimilar a uno para saber qué pretendían, y en ese momento se apoderó de mi cuerpo. Mi maldición y los ataques del caballero le condenaron, y ahora dispongo de la información, pero tardaré tiempo en descifrarla -Hordd, pudiendo oír su latido, sabía cuándo mentía, y con un gesto de la cabeza le indicó que siguiera-. Al parecer, la querían para sustraer su fuerza vital, el mismo principio que la conecta al digivice, para vincularla a “algo” -del mismo modo que esa cosa se vinculó a él-. Pero de momento, no sé más.

El gato, rondando aún por ahí, acaparaba muchas miradas, e incluso logró despertar un “Coshita” de Bragi, que quiso ir y abrazarlo, siendo detenido por Forseti, que se había convertido en la niñera de él y Tyr Este pequeño, aún teniendo varias cosas que decir a Ulforce, debía aprovechar los últimos resquicios de poder que le quedaban. Se acercó al cuerpo de la muchacha, y concentrándose, su cuerpo se dispersó en luz pura, y en su epicentro, la imagen resplandeciente de una runa, ajena al digimoji, que despertó una rúbrica similar en Sigrun. El poder se canalizó en torno a los dos símbolos nórdicos, restituyendo lo que a la valquiria le había sido sustraído. Caliburn había enviado una pequeña parte de su poder al espíritu de Roku, manifestándose de forma inestable, y pese a que su llama estaba consumiéndose, coexistía en Sven.

El rostro de los valkir se ensombreció, pues sabían la historia tras esas marcas, pero no cómo aquel gato poseía una. Todo código nace de la voluntad de Yggdrassil, y su palabra se transcribe en el digimoji, la lengua sagrada y universal, siendo cualquier otro sistema un insulto a Dios y una manifestación de rebeldía. Que la chica tuviera una runa podía entenderse como una prolongación de su nombre, “Runa de la victoria”, pero, ¿y esa criatura? Algo escapaba de sus planes.

Y Roku se percató de esto. Además, el símbolo del pequeño felino no era una runa, no pertenecía a las tablas rúnicas. Entonces, ¿qué era? ¿de dónde nacía su código? ¿Los valkirs sí sabían su origen?

-Ha sido una noche muy larga y agitada -dijo Roku, rompiendo el silencio-. No creo que la tamer pueda soportar el viaje de vuelta. Creo que será mejor hospedarla por la zona hasta que recupere sus fuerzas -observando que por las llamas del animal, la chica recuperaba el color-. Puedo acompañarla, al haber consumido al enemigo, mi cuerpo no se resentirá por Azazel.

Los valkirs desconfiaban de esta declaración, puesto que podría asaltar a la valquiria y alimentarse de su digisoul. Además, de apostarle vigilancia, su clan podría ver esto como una intentiva de espionaje. Claro que ellos necesitaban estudiar el proceso donde el digisoul fue traspasado, y si tenían registros de aquella runa, o lo que fuera. Debían elegir muy bien sus palabras para que todo se desarrollara según sus intereses.

-¡Y una mierda! -bravo, Tyr, bravo- ¡Tú quieres hacer lo mismo que esas sabandijas! ¡¡Comértele y usar su digisoul como paliativo de tu enfermedad!! -estaba siendo demasiado directo, pero al menos era sincero, diciendo lo que todos pensaban- ¡¡Tú te vuelves a tu jaula!!
-No, no pienso hacer eso -aunque en otras circunstancias se habría ruborizado, o interrumpido su diálogo para no avergonzar a nadie, tras todo lo que había pasado aquella noche prefería atajar con la verdad-. La quiero, y pienso ir en serio con ella -todos abrieron los ojos, sorprendiéndose-. ¿Estáis sordos? He dicho que la quiero, y si permanezco la noche a su lado, es para garantizar su bienestar. No sabemos si van a efectuar otro ataque, y al menos, creo que ya sé cómo enfrentarles.

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Re: 三六五 (Trescientos sesenta y cinco) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Sigrun Vinter el Vie Feb 02, 2018 11:10 pm

Los ojos de la valquiria se cerraron apenas preguntó por Roku, dejando a Ulforce preocupado a pesar de que veía que su respiración era estable. El humano, al que el caballero aún conocía por Seimei apareció de nuevo y se acercó a Sigrun. A pesar de lo que había pasado, no se lo impidió. Tenía bien presente lo que dijo Caliburn, que él no había sido el responsable, que alguien o algo lo controlaba. Lo vio mirar la temperatura de su tamer, parecía preocupado.

Estaba a punto de preguntar cómo estaba, si había notado algo anormal cuando una voz interrumpió. Cinco digimons llegaron y el caballero se puso de pie y alerta, por si tenía que enfrentarse a una nueva amenaza. Al observarlos mejor se percató de quienes eran. Los Valkyr de los Union Saver. Lo que sabía de ellos se debía a información de otros clanes en su base de datos ¿Pero que habían venido a hacer? Según lo que dijo uno de ellos, habían venido a por Seimei.

- ¿Y crees acaso que por superarme en número voy a dejar que os lo llevéis?- dijo desafiante.

No iba a dejar que se lo llevaran. Estaba seguro que, si Sigrun estuviera consciente, tampoco lo permitiría. Al fin y al cabo, la valquiria había preguntado por él en los escasos segundos que estuvo despierta. No quería tener que explicarle que los Union Saver habían capturado a Seimei. Bragi, intentó calmar la situación pero llamar reo al tamer que Ulforce intentaba proteger no le inspiraba mucha confianza. Por suerte, la intervención de Forseti arrojó un poco más de luz, aunque no suficiente.

- ¿Seimei es de los Union Saver? ¿Una fuerza de élite secreta?- dijo confundido, miró al humano un instante antes de dirigir la mirada a los digimon- ¿De qué va todo esto?

Uno de ellos se acercó a Sigrun. Ulforce hizo el ademán de impedírselo pero se detuvo al ver que lo único que pretendía era sanar, al menos superficialmente, tanto a su compañera como a él. Hordd intentó explicarle un poco más y tras una breve interrupción de Tyr, el jefe de los valkyr siguió hablando. Hablaba de que alguien acechaba a Sigrun, algo desconocido. Decían que no se trataba de un digimon común ni de Digital INC. ¿De quién se trataría? Lo que dijo Seimei le preocupó mucho. Dijo que esa cosa, fuese lo que fuese había drenado su energía atacándola con ilusiones. Había demasiadas lagunas en todo ese asunto y quería investigar más. Ya estaba pensando en iniciar una investigación cuando el maullido de Caliburn le distrajo.

El felino se acercó a Sigrun y su cuerpo se iluminó formando un extraño símbolo que nunca había visto. Al instante otro símbolo apareció en su compañera pero este sí que lo conocía. Era una runa. Sigrun le estaba enseñando pero aún le costaba diferenciarlas. Con esto, Caliburn se desvaneció pero no le quedó la sensación de que se había ido para siempre. Era extraño pero sintió que no había sido un adiós. Aunque eso no impidió que se entristeciera de verlo desaparecer.

Seimei rompió el silencio asegurando que Sigrun no estaba en condiciones para el viaje de vuelta y que lo mejor era que se hospedase en algún lugar de la zona hasta que se encontrase mejor. Añadió que él la acompañaría. Tyr intervino de manera demasiado directa pero no fue eso lo que sorprendió al caballero alado. Allí mismo, delante de todos, Seimei dijo que quería a Sigrun, que pensaba ir en serio con ella y que se quedaría toda la noche a su lado para protegerla. Calló a todos con aquellas palabras, incluso a Tyr.

- Pues ya no hay más que decir- sentenció Ulforce mirando al humano seriamente- Tú mismo lo has dicho, no está en condiciones de soportar el viaje de vuelta y te aseguro que en la base harán preguntas si la ven entrar inconsciente. Reconozco que me sentiría más cómodo si yo fuera quien se quedara, pero sé que ella confía en ti y a pesar de este pequeño incidente, no me has dado razones para pensar que no serás capaz de cuidar de ella.- luego dirigió la mirada a los valkyr- No sé qué clase de relación tiene Seimei con vuestro clan pero yo he decido confiar en él, al igual que mi compañera. Espero que podáis respetar eso.

Hordd simplemente asintió como si diera su consentimiento. Tras eso generó una pantalla holográfica frente a él, necesitaba hacer una llamada antes. Quien respondió fue Daryun su mano derecha.

- ¿Ha ocurrido algo, Lord Ulforce? No esperábamos ninguna llamada.
- Ha habido un cambio de planes. Sigrun y yo nos tomaremos unos días de descanso, a ambos nos vendrá bien distraernos, así que espero que no se nos moleste con llamadas a no ser que nosotros llamemos a la base antes- informó el caballero.
- Pero señor, la rein…

Con un simple gesto, Ulforce mandó a su subordinado que guardara silencio y tras aceptar las indicaciones de su superior la llamada se cortó y la pantalla desapareció. Al caballero, toda aquella situación con QueenChessmon le alteraba. Hubiese deseado poder mandar a tomar por saco a la reina y sus peticiones, decirle en sus propias narices que Sigrun jamás se casará con el imbécil de Aesgyr. Pero no podía hacerlo. Se sentía completamente atado y obligado, amenazado con la guerra. Lo peor de todo, sentía que estaba traicionando a su propia compañera, sin poder hacer nada más que ver cómo le cortarían las alas por el resto de su vida.

El caballero intentó mantenerse sereno, pero su pulso, acelerado por la rabia que le provocaba aquella situación, no pasó desapercibido para el fino oído de Hordd.

- Se me olvidaba. Seimei, dijiste que tardarías un tiempo en analizar esa información de los que atacaron a Sigrun. Me gustaría que me mantuvieras al tanto de lo que averigües- le pidió antes de mirar a su compañera- Y cuida bien de ella.

Luego empezó a pensar en qué haría él mientras Sigrun se recuperaba. No podía regresar a la base, puesto que era mejor que pensasen que seguía con su compañera. Debería hospedarse en otro lugar diferente pero ahora sólo le apetecía distraerse. Le vendría bien y tenía una idea para eso.

- Conozco un lugar donde sirven la mejor comida y bebida de las zonas imperiales ¿Os apuntáis? Os invitaré a una copa– les dijo a los valkyr.

No les pareció mal la idea, de todos modos ya estaban allí y el plan incluía una copa gratis por cortesía de Ulforce. Se marcharon con él pero antes de perder de vista a los humanos, Ulforce dedicó una última mirada atrás. Vio como Seimei se llevaba a una Sigrun inconsciente en brazos. Ese chico la quería pero pronto la perdería. Era injusto, muy injusto. Ninguno de los dos jóvenes se merecía eso, pero ya solo un milagro podía impedir que los separaran para siempre.

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