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El descubrimiento de las ruinas del Monasterio Draco, tallado en lo alto de una desolada montaña en el valle de los dragones, ha despertado un gran interés por todo el Digimundo. Principalmente porque según los tallados de la pared exterior dentro de las ruinas se encuentra un obre mágico que contiene en su interior la data y poder del treceavo Royal Kinght, la cual sera dada a quien reclame dicho objeto. Según la historia grabada en los murales, el obre fue dejado allí por el mismo Royal Kinght en caso de que su poder sea necesario para derrotar al mal que se alce en el futuro...por desgracia semejante premio también a llamado la atención de quienes usarían el poder para sus propias metas egoístas. Por lo que esta aventura ahora se a vuelto una carrera por ver quien consigue el gran premio.
6 meses despues de la ultima carrera, un BanchoLeomon reune al viejo equipo de organizacion para dar un nuevo espectaculo, pero en esta carrera, el misterioso patrocinador ha enviado a un "Aspirante a Campeon" con un extraño y unico Digivice. ¿Que es lo que sucedera a lo largo del evento y como funciona este nuevo digivice?.
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私の白鳥 (Mi cisne) [Priv: Sigrun Vinter]

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私の白鳥 (Mi cisne) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Roku Ginshô el Miér Feb 14, 2018 3:02 am

El hedonismo es la doctrina filosófica que entiende el acceso a la felicidad y, por lo tanto, al bien, a través de las experiencias sensoriales inmediatas, convirtiendo el placer como el medio principal para satisfacer las necesidades vitales, las inmediatas y aquellas más profundas, desde la simple alimentación hasta la respuesta a las dudas existenciales. Muchas personas malinterpretan esta postura vitalista reduciéndola solo a experiencias sexuales, y de este modo, deniegan ellas mismas el verdadero entendimiento hedónico de la vida. El simple hecho de sumergir los pies en un riachuelo tras una larga caminata, degustar manjares acompañado de amistades, o simplemente poder observar el cielo nocturno, todas estas experiencias permitían el acceso al placer, y por tanto, nos ayuda a alcanzar la felicidad, por medios inmediatos y propios que van más allá de la sociedad, de la familia o incluso de Dios.

La gracia de Yggdrassil y su generosidad cubrían las necesidades básicas de todos sus feligreses, pero eso no era placer, solo un medio. Esta fe busca la perfección manifestada en todas sus vertientes, y por ello su Dios ofrece el camino para alcanzar un cuerpo perfecto, en una mente perfecta. La infancia se pierde a los pocos días, la ley del más fuerte prima, y solo la evolución permite sobrevivir, imponerse, ser la justicia misma. Eso no es placer, es seguir una orden superior, el sistema perfecto escrito por quien posee el saber y el poder supremos. La lógica impone este sistema como la verdadera vía de la felicidad, y por tanto, cualquier violación de estos preceptos incurrirían en la infelicidad.

El hedonismo no existe en el digimundo. Su lógica no sigue el plan divino. No trae felicidad, no debería existir.

Pero entonces, ¿por qué existe el culto al cuerpo? Más allá de la fuerza, hablamos de la forma. La belleza es relativa, ya que los intereses de un individuo pueden distar de los de otro. En este caso, la hermosura para un digimon dotado de alas sería encontrar a alguien capaz de surcar libremente los cielos, y quien surca los mares buscará un compañero de viaje. Los dragones no considerarían bello a una bestia, cuyo pelaje podria arder en los volcanes que habitan, y del mismo modo, la artificialidad de una máquina horrorizaría a quien vive en los bosques. Con este pensamiento, es normal que la bellea se asocie a quienes pueden pertenecer a varias especies simultáneamente, y por este motivo, los caballeros reales constituyen el ideal máximo de gallardía, poder y belleza.

Más allá de esta idea de la belleza como algo práctico, y la universalidad de la fuerza como belleza, existía una más, una percepción alegada de esta utopía, y que buscaba escapar de la predisposición a entender el mundo que se imponía. La idea más cercana, para el entendimiento humano, era el ya mencionado hedonismo, defendiéndose que la belleza podía existir en cada lugar, en cada persona, en cada nivel... Rompiendo con la ideología predominante. Esta idea, por supuesto, fue foránea, y nadie mejor que Venusmon, de los Doce Olímpicos, para defender esta filosofía. Su culto, junto con los fieles a Bacchusmon, ignoraban lo práctico en pos de la hermosura inherente, universal. Un talento podía ser reconocido como bello, independientemente del origen, estatus o causa.

Al no estar ya en el mundo de Yggdrassil, estos dioses no oficiaban las festividades adscritas a su ideología, existiendo para ello sus cultos, fieles que mantenían vivas las tradiciones y su filosofía. En el caso de Venusmon, sus seguidores ocupaban el desierto, erigiendo un templo dedicado al placer y al culto de la belleza. Sus fiestas, destinadas a un placer hedónico y unitario, tenía como única norma la necesidad de cubrir la identidad, haciendo uso de vestimentas o máscaras, más habituales, para no menospreciar a nadie por sus orígenes. La más reconocida de estas se daba en un oasis, un vergel en medio de la nada cuyo nacimiento se atribuyó a la lágrima de Venusmon, quien al ver un páramo desolado no pudo evitar sufrir porque nada conmoviera su compasivo corazón.

En esta festividad, siguiendo la costumbre de la mascarada, los hombres portan ropajes negros, y las mujeres visten de blanco, dando una idea similar a las bodas más tradicionales, o incluso a la simbología yin yang, atendiendo cada atributo a una serie de rasgos que necesitan ser complementados por su opuesto. Además, independientemente del sexo, cada uno debía adornar sus prendas con motivos y decoración basada en las aves, tal vez por la idea de que el amor vuela libre, o por simple capricho de la diosa.

Conociendo esta festividad marginal (al ser ajena a Yggdrassil) por mero estudio, y queriendo disfrutar de la compañía de su cisne particular, Roku quiso concertar un encuentro entre ambos, ajeno a sus responsabilidades en el clan, para simplemente disfrutar de un día a solas. Las máscaras ayudarían a encubrir sus identidades y librarse de las molestas preguntas, y el hecho de que tuvieran culturas distintas le permitía jugar con su trasfondo. Tardó días en planificarlo todo, y más aún, en las máscaras. A diferencia de aquel baile donde la vio por vez primera, esta vez quería que los antifaces fueran algo más personal. Por ello, quiso darles formas en la fragua.

Estilizado, con brillos plateados y adornos simulando las plumas, el de ella se basaría en el cisne; en cambio, el suyo, más sobrio y oscuro, aludiría al cuervo. Para el pueblo vikingo, el cisne era la forma que las valquirias adoptaban para surcar los cielos, indicando a los marineros que las aguas eran seguras con su nado elegante; mientras que los japoneses narraban cómo el cuervo perdió su color blanco por descender al inframundo, acompañando a Izanagi en su gesta, similar al destino de Roku. Para las ropas, quiso imitar el estilo del Karasu-Tengu, el cuervo asceta, y por ello, se decantó por ropas de monje shugenja, sustituyendo sus colores por un azabache puro. No sabiendo las medidas de Sigrun, prefirió enviar una carta para no cometer errores:

“En las siguientes coordenadas se va a celebrar una fiesta de máscaras. Habrá bailes, banquete y otras actividades, además de que dura desde la mañana hasta el anochecer. Los hombres visten de negro, y las mujeres de blanco, y la ambientación es puramente grecolatina.

Ya sé que no es una festividad “legal”, por ser ajena a la religión de Yggdrassil, pero he pensado que puede ser una buena ocasión para estar un rato juntos, sin tener que preocuparnos por la prensa (creo que es el último lugar donde te buscarían). Espero verte allí para una velada más íntima que Yule.

Adjunto la máscara, espero que te guste, mi cisne.

Fdo: Tu cuervo”

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Re: 私の白鳥 (Mi cisne) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Sigrun Vinter el Sáb Feb 17, 2018 12:27 am

Sigrun sonreía, leyendo la carta en la tranquilidad de su habitación, en la base de los Royal Knights. La leyó varias veces mientras pensaba en aquella nueva oportunidad de estar con él. Sus responsabilidades en el clan la mantenían ocupada y, aunque quisiese, no podía estar todos los días viéndole. Esa ocasión iba a ser diferente. Se dijo que ya había trabajado suficiente y que se tomaría el día libre. El exceso de trabajo no es bueno y ella lo sabía muy bien.

Dejó la nota a un lado de la cama donde estaba sentada, y pasó a desenvolver la máscara que le había enviado. Era preciosa. A Sigrun le encantó su diseño y no pudo resistirse a probársela en ese preciso instante y mirarse frente a un espejo. Se preguntó que dónde habría encontrado algo así. Ella no vio nada parecido cuando buscaba máscaras para el baile, ahora ya hace bastante tiempo. Debía darle las gracias por aquél regalo cuando lo viera, pero antes debía encargarse de algo muy importante: el traje. Abrió una pantalla holográfica para comprobar las coordenadas, y vio que correspondían a un oasis. Sin embargo no llevaría ropas para el desierto, debía buscar un vestido blanco para la ocasión.

Como en su armario no hubo nada que le gustó decidió ir de compras, por una zona comercial de las zonas imperiales. Idunn la acompañaba. Como su doncella, la sistermon noir awaken no se separaba de su señora. Además, a la valquiria le vendría bien su consejo. Por supuesto no le dijo donde era o si quiera el motivo. Al menos no el verdadero. Le dijo que unos amigos le habían invitado a una fiesta elegante en el Mundo Humano. Al fin y al cabo, la verdadera fiesta era considerada “ilegal” por parte de la religión de Yggdrassil y no quería problemas. De todos modos ella iba por Roku, sólo por él.
Tras un buen rato en una tienda de vestidos, Sigrun empezaba a darse por vencida. ¿Debería buscar en otra parte? Tal vez sería más sencillo buscando en el Mundo Humano. Por suerte, la voz de Idunn llamó su atención.

- Mi señora, probaos este- le dijo trayéndole un precioso vestido corto, blanco y con detalles de plumas.

Parecía el vestido de una bailarina, pero le gustó. Los detalles de las plumas harían juego con la máscara. Era la combinación perfecta y su talla perfecta, casi parecía hecho a medida. Ese día también se compró unas sandalias de estilo romano, plateadas y con poco tacón. No quería ir incómoda por el oasis. No sabría cómo estaría el suelo así que era mejor ir a lo seguro para no lastimarse un pie.

Cuando el día llegó usó las coordenadas de la carta para abrir un portal que la llevara directa hasta allí. Llevaba el vestido que compró y la máscara ya cubría su rostro. Además de eso, llevaba consigo una pequeña caja de mimbre en sus manos. Dentro había unos dulces cocinados por ella que quería regalar a Roku. Unos bollos noruegos de vainilla y crema, aunque Sigrun había decidido hacerlos más pequeños para que fuese más sencillo comerlos.

Y como medida de seguridad, su Digivice Burst iba consigo. Oculto bajo la falda y enganchado a su pierna derecha. Era más una costumbre que una necesidad real de protección. Es cierto que iba a ir sola a una zona desconocida, pero estaría Roku con ella y él usa DigiSpirits ¿Quién mejor para protegerla si las cosas salían mal?

Entró en el oasis, pasando de arena a una vegetación muy verde y viva. Se oía música y había algunos digimons y otros humanos. Hombres de negro y mujeres de blanco. Tal como ponía en la carta, pero todos llevaban máscara. ¿Cómo iba a reconocer a Roku entre aquella gente? En esa misma carta se despidió de ella como “su cuervo”. Debía de ser una pista. Si ella llevaba la máscara de un cisne, él debía llevar la de un cuervo. Aún así no era muy fácil ¿Y si algún otro tuvo la idea del cuervo? Se tranquilizó pensando que él ya había visto su máscara, que podría reconocerla con facilidad.

Decidió adentrarse más en el oasis, esperando encontrar a su cuervo.


Vestido de Sigrun:

Los dulces noruegos (más pequeños):

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“runa de la victoria”,
para lo que amas.

~Gracias por el haiku, Roku~



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Re: 私の白鳥 (Mi cisne) [Priv: Sigrun Vinter]

Mensaje por Roku Ginshô el Dom Feb 18, 2018 6:00 pm

Los minutos pasaban volviéndose horas, y él se impacientaba. No tenía certeza de que ella apareciese, pese a que su único deseo era poder pasar, aunque fuera, unas horas con ella, sin intrigas, amenazas o conspiraciones. Solo ellos dos conociéndose, pasando el rato, como una pareja normal. Claro que ninguno de los dos podría ser etiquetado como “normal”, pues ella era la cabeza visible de la mayor organización religiosa y militar en dicho mundo, y él, bueno, aún se preguntaba a veces cómo identificarse. Seguía siendo humano, sí, conservaba su fisionomía, su forma de pensar y ver el mundo, por lo que al menos, en ese aspecto seguía siendo “él”.

¿Cómo le afectaba la corrupción, pues? Los fuertes dolores, la podredumbre que asaltaba su cuerpo, era una enfermedad para su físico, paliada por el poder santo prestado. Su cuerpo fallaba, pero podía sobreponerse al dolor. Las pesadillas y alucinaciones afectaban a su mente, un mal que fue decreciendo a medida que su dominio aumentaba, pues pudo silenciar las voces de los caídos al imponerse no como un verdugo, sino como el soberano que permitía su existencia dentro de ese otro mundo, el reino constituido por el propio demonio.

Alzó su espada contra otros, se notaba más violento contra el mundo, contra las personas, al no ser un elegido, al tener que cargar con un legado que no eligió. ¿Eso era cierto? No, él mismo se reafirmó al querer portar esas cadenas. La maldición de Azazel acababa con él. Pero el poder que utilizaba era el de ese mismo mal, para defender sus ideales y su vida portaba una calamidad que cada vez se hacía más fuerte. Pero en el propio spirit habitaban otras presencias que se habían mantenido puras durante eras, los tres quienes, en un momento u otro, quisieron brindarle parte de su poder. Gaiomon le otorgó la espada de Musyamon, y Kuzuhamon le dio acceso a SkullBaluchimon, incluso Bakemono le dio su propio cuerpo como etapa, un diablillo que no podía corromperse más.

La tutela del samurai y la sacerdotisa le había hecho mejor, más fuerte, pues las enseñanzas de ambos se sumaban a sus propias disciplinas, y tanto el kendo como el omnyodo incrementaban su entendimiento de ese mal, y de su propia existencia. Más allá del portador de la maldición, del nuevo Azazel, quería saber quién era él, y por qué quería asumir ese yugo. ¿Para proteger a los débiles? No era tan altruista. ¿Por honor? Podría ser solo su orgullo. ¿Por ella?

No, no podía evitar pensar que contra más se acercaba a ella, más riesgos asumían. Y pese a esto, ¿por qué su empeño en formalizar su unión? ¿Qué pretendía con eso? Tal vez ganarse el reconocimiento como un tamer más, o simplemente se sentía atraído por los rasgos exóticos de la chica. ¿Tan simple era? No, conocía su filosofía, nunca asumiría un riesgo por algo tan mundano. Simplemente, a su lado se sentía bien. ¿Pero por qué? Representaba todo lo que él no era: sincera, heroica, gallarda... Justamente, lo que se espera de un tamer, y de una santa. SI ella era la luz, él podría resumirse como la sombra que proyecta esa lumbre.

Y entonces, de dónde nacía ese sentimiento, qué motivaba la fuerza de seguir intentando entender lo que impulsaba su voluntad. Puede que, pese a sus diferencias, el motivo de su fuerza nacía del mismo deseo: hacer lo correcto. Siendo ambos simples mortales, accedieron a servir a fuerzas que escapaban de su control, asumiendo un riesgo que chocaría con el innato instinto de supervivencia. Ella para traer de nuevo a uno de los Santos Caballeros, y él para retener a un Demonio cuya existencia solo podía vaticinarse como una calamidad. Quizás, por la ley del magnetismo, los opuestos se atraen, lo positivo va hacia lo negativo.

Claro que en esencia, eran iguales. Comparados con los poderes que canalizaban, no dejaban de ser dos chicos normales, con aficiones, gustos, preocupaciones. Quizás por eso, ambos desearan, puede que egoístamente, olvidar durante unos minutos quiénes eran, y simplemente disfrutar de ese dulce pecado, que era el amor.

En estas ensoñaciones distraía su mente, cuando sus sentidos no pudieron ignorar los motivos de aquella fiesta. Gran parte de su asistencia era para entender esa filosofía, ese gusto por la vida y el placer. Las vestimentas, respetando los colores que distinguían los sexos, abarcaban una amplia gama de civilizaciones y gustos, desde la sobriedad de un tuxedo, a los más complicados encajes victorianos. Era sorprendente que en un simple culto al cuerpo, se contemplaran tantísimas ideas e interpretaciones de la elegancia.

Le sorprendió gratamente ver un ejercicio que efectuaban algunos adeptos, que del mismo modo que un pavo real, se exhibían, probablemente para despertar curiosidad y atracción hacia posibles parejas e intereses, o puede que simplemente, para disfrutar. El ejercicio consistía en combinar armoniosamente movimientos al son de la música con manifestaciones de poder bruto. Ya fuera liberar un elemento y controlar sus formas, o partir rocas haciendo uso de la fuerza bruta. Le gustó la idea, por lo que decidió sumarse a ella. Sus ropas no cambiaron, pero sí su tamaño, puesto que al no ser el atuendo propio de Musyamon, no se transformó con él. Desenvainando su espada, liberó las llamas negras que cobraron el aspecto de un fiero dragón, que se alzó hacia los cielos rugiendo.

Pensó que con esta señal, Sigrun le localizaría, en caso de que ya hubiese arribado. El fuego, cobrando un tono violáceo, recordaba a las llamaradas de Belphemon, pero no era garantía de que supiera que era él quien lanzaba la señal. ¿Cómo hacer el mensaje más evidente? Viéndole serpentear, lo primero que ideó fue trazar su nombre en el cielo, claro que en esencia era una idea estúpida, gritando a voces la identidad de su amada. Escribir en digimoji un mensaje sería igualmente estúpido, y emplear kanji...Había estado suficiente tiempo con ella para saber que lo más probable es que pensara que era un dibujo en el cielo antes que una palabra.

¿Qué opciones quedaban entonces? ¿Usar el alfabeto latino? De acuerdo, pero, qué mensaje. “Valquiria” empezaba con V, misma letra que portaba Ulforce en su pecho. Además, el propio nombre de Sigrun aludía a la “Victoria”, palabra que, de nuevo, comenzaba por V. El dragón trazaba ya esta figura, pero tal vez por el subconsciente, o por mera torpeza, parte de este fuego colocó una figura semejante a un tres sobre la letra.

-Qué cursi...

Dijo, viendo el resultado, y sintiendo cierto reparo en el resultado.

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